4: Mi carta de Reyes

Sin categoría 31 diciembre, 2018

Noviembre ha pasado y no he escrito nada, sigo formándome y el final del trimestre me lo ha impedido. Hay quien piensa que la Moda es sólo ropa. Eso es al menos lo que la mayoría conoce. Reconozco que me costó trabajo acostumbrarme a decir que fue lo que estudié, con unos padres profesores no quedaba muy intelectual. Quizás por eso, y como fruto de mis complejos por quererme dedicar a «las cuestiones del vestir», siempre he buscado su lado más complejo, que me hace sentir absurdamente un poco más inteligente. También por eso, y porque nunca me he sentido especialmente identificada con la dinámica en la que se mueve su producto, decidí hace un tiempo que mi lugar estará algún día en algún aula de una Escuela de Arte y Diseño preferiblemente pública . No por nada, sino porque después de años de formación, experiencias laborales, idiomas e incluso alguna vida en el extranjero, creo que mi deber es devolverle «a la mayoría» lo que mis padres y este país o como a cada uno le guste llamarlo, han invertido en mí. Ese y no otro, será el regalo que pida para el próximo año. Parece poco, pero no sabéis lo que me está costando.

“Hands and thimble” (“Manos y dedal”), de Alfred Stieglitz, 1919.

3: Modelar sin oprimir

Sin categoría 15 octubre, 2018

«La arruga es bella», nos dijo Adolfo Domínguez allá por los ochenta. Ese pliegue que se hace en la piel y que tanto nos asusta con el paso del tiempo, se convirtió en algo atractivo en los tejidos del diseñador. Nos invitaba a vestir sus prendas como una segunda piel. Se refería al lino, su material favorito, y un tejido que nos lleva al comienzo de lo que quiero contar, a Egipto.

El cuerpo en el Antiguo Egipto se envolvía en lino. Su naturaleza arrugada la aprovecharon los egipcios para crear drapeados. En coherencia con el material, el tejido apenas se decoraba con estampados. Dificílmente lucirían. La idea de envolver es importante, el vestido se montaba sobre la persona. No había que adentrarse en él. Se colocaba sobre el cuerpo, como los saris indios. El traje clásico grecorromano hereda esta forma de vestir, los pedazos rectangulares que lo componen se enrollaban sobre el cuerpo. Y, a pesar de pertenecer al período clásico, tiene algo que lo hace especialmente moderno. El tejido se modelaba sin oprimir el cuerpo.

Las modas han ido esculpiendo la figura, principalmente la femenina. Las prendas han definido y enfundado nuestra silueta en un catálogo de formas que han quedado ya para la historia del indumento. En ocasiones, el cuerpo no ha sido suficiente para crear los volúmenes impuestos. Estructuras y rellenos forman parte de nuestra memoria física. Verdugado, «tontillo», panier, guardainfantes, crinolina, miriñaque, polisón. La forma natural se modificaba, alejándonos así del cuerpo. Aunque hay maneras de alejarse cuyo efecto es paradójicamente el contrario: liberarnos.

Fortuny inicia el siglo XX con la aparición del traje «Delphos». De inspiración griega, rectangular y misteriosamente plisado, sin apenas costuras, cumplía los requisitos para emanciparnos de la prenda. La silueta no se forzaba, era el propio cuerpo el que modelaba el vestido. La falta de costuras y cierres se daba también en Vionnet, conocida por su corte al biés, diseñó trajes de una sola pieza y también drapeó. O Madame Grés, que esculpió plisados sobre formas claramente inspiradas en el mundo antiguo.

Plegar y plisar piezas de tejidos para colocarlas sobre el cuerpo es algo que bien conoce Issey Miyake. También esa idea de separar la vestimenta del cuerpo. En su caso, herencia de la indumentaria tradicional japonesa (el kimono). Con su «pleats please» nos pedía por favor que plisáramos y nos invitaba, como así parece que lo hicimos hace ya muchos siglos, a alejarnos de la prenda para que sea ella la que se transforme a partir de nosotros.

Los misteriosos trajes de agua de Ochagavia, en Navarra, se construyen a partir de dos faldas sobrepuestas, con tablas que plisan el tejido. Fotografía de José Ortiz Echagüe de su trabajo «España: tipos y trajes».

2: Breve historia del desnudo femenino

Sin categoría 14 septiembre, 2018

El traje de cualquier civilización se construye por la relación entre el vestido y el desnudo. Y como en la vida, su historia empieza de la misma manera que llegamos a este mundo, sin ropa.

A penas sí hay restos de las primeras prendas que vestimos, ha sido la imaginación la que nos ha ayudado a sacar alguna conclusión. Observando el traje de sociedades “preindustriales” que todavía hoy sobreviven, podemos intuir que el desnudo predominó sobre el cuerpo vestido. Las diferentes «Venus» nos muestran la cuerda como un elemento cubriente.

Se supera la cuerda y aparece el telar. Primero fibras vegetales, después la lana. El cuerpo empieza a adornarse con formas más complejas. Comienza la Edad Antigua. Mesopotamia inicia el vestir cubriente, un vestir terso, de acuerdo a sus materiales. Resulta difícil adjudicar sexo. Las primeras leyes suntuarias indicarán a la mujer cómo debe vestir. Unos siglos más tarde, Eva dará «razón divina» al pudor.

Babilonia será la capital del tejido recamado. Los asirios llevarán lujosos chales con bordados y flecos. Para los persas, caftanes, túnicas y una de las prendas más odiadas por los griegos: el pantalón. Son los más recatados.

Egipto tiene menos pudor, y una envidiable armonía entre materia, color, volumen y ornamentación. Lino, blanco y drapeado. El adorno del vestido egipcio es estructural: el propio plisado lo decora. El pecho desnudo es natural, no despierta vergüenza. La indumentaria, más que cubrir el cuerpo, muestra estatus social. Como también ocurre en Grecia y Roma, el traje se modela sobre la persona. El cuerpo es un soporte, su forma no importa. Pero la cultura grecoromana va a reservar el desnudo al varón. Y es aquí donde acaba y empieza otra historia.

Collage de la serie «Vogue Belleza».

1: Statement

Sin categoría 15 agosto, 2018

“El nombre nace desnudo, pero muere y es enterrado vestido” (Hilaire Hiler). El traje nos acompaña durante toda nuestra vida y nos define en relación al mundo y a los demás. Delimita el cuerpo y lo construye a lo largo de la historia.

En cualquier parte del mundo hacemos algo por vestirnos y adornarnos, y lo hacemos prácticamente desde que tenemos constancia de nuestra existencia. No es posible decidir a ciencia cierta por qué empezamos a decorarnos. Lo que está claro es que el vestirse o adornarse resulta ser un producto esencialmente humano, como lo son el lenguaje y la fabricación de herramientas. Por ello, descartarlo como algo sin importancia sería una estupidez.

Hasta el siglo XX, la moda se ha visto marginada en los estudios académicos, «por su cariz frívolo y su asociación con la vanidad —femenina y consumista— característica del hombre contemporáneo» (Arianna Giorgi). Sin embargo,  la moda es el resultado de una cadena de actividades (industriales, económicas y culturales) que nos ayudan a entender tanto una sociedad como su cultura.

La forma en que ordenamos nuestros materiales revela y define muchos aspectos de nuestro mundo. También lo que decimos de ellos. Nos comunicamos actuando y produciendo. Por ello, la observación de la indumentaria adquiere un gran valor.

El interés por las cuestiones del vestir lo recuerdo desde que tengo conciencia. La indumentaria me ha situado siempre en el tiempo, me ha servido para conocer la historia. La de las mujeres especialmente. Pero la moda no es sólo un medio para cubrir el cuerpo, sino además un lenguaje que nos da la posibilidad de reflexionar, de construir —también ella nos construye si hablamos en términos de género— o de expresarnos. En la segunda mitad del XX, y especialmente con la aparición del performance, el cuerpo se convierte en un encuentro entre el arte y la moda. Un soporte artístico más para explorar su extensión. Así, la vestimenta en este siglo deja de ser exclusivamente un elemento funcional que ayuda a distinguir socialmente (Bordieu) o a definir estilos de vida (Simmel), para probar sus posibilidades como un objeto además artístico.

«Storch» (cigüena), personaje del carnaval alemán fotografiado por Axel Hoedt. El carnaval es un buen ejemplo para entender la indumentaria más allá de lo funcional.